Acción trepidante en miles de planos

 

En otras ocasiones he hablado de varios códigos cinematográficos que han ido cambiando con el tiempo, como sucedió con el paso del blanco y negro al color, o con la transición del cine mudo al cine sonoro.

Quizá debo aclarar que lo que me interesa señalar aquí no es el hecho mismo de esta evolución del lenguaje fílmico, ni valorar si el cine era mejor o peor antes de cada cambio, sino la manera en la que los espectadores nos hemos ido adaptando a esos cambios, incorporándolos a nuestra percepción intuitiva e inmediata del fenómeno cinematográfico y audiovisual. Eso ha llevado a que el espectador medio o estándar rechace ahora códigos y maneras que a sus padres o abuelos le parecían propios y naturales en el cine. Y lo mismo sucederá con el lenguaje al que ahora estamos acostumbrados, que también irá transformándose y nuestros hijos o nietos se preguntarán cómo no nos aburríamos con las películas o videojuegos de los que ahora disfrutamos.

Veamos un ejemplo curioso de este cambio de sensibilidad que afecta a lo que creemos una percepción inocente e intuitiva.

La duración de los planos

Otro aspecto en el que ha cambiado la percepción de los espectadores es el ritmo o la velocidad del relato audiovisual. Cada vez se cuentan las cosas más rápido, lo que ha traído como consecuencia que el espectador medio se aburra con películas de los años 50 o 60. Se han hecho cálculos del número de planos en una película de los años 60 y en una actual. Las diferencias son asombrosas. Es por eso que lo que en los años 60 era considerado como una película de acción trepidante ahora nos parezca lenta.

David Bordwell en The Way Hollywood Tell It, dice que en los años 20 del siglo pasado los planos duraban entre cuatro y seis segundos, pero que con la llegada del sonoro empezaron a durar casi el doble, entre 8 y 11 segundos.

Entre 1930 y 1960 una película estándar tenía entre 300 y 700 planos, aunque había algunas excepciones.

Tarzan y su hijo (1939) tenía una media de duración de planos de 3.6 segundos, sorprendente para su época, en parte debido a los cortes rápidos que mostraban animales de la jungla. Pero también tenía planos más largos, como en la maravillosa secuencia de Tarzán y Boy bajo el agua.
fallenangel
En Fallen Angel (1945) de Otto Preminger, la duración media de los planos alcanzaba unos increíbles 33 segundos, muy superior a lo habitual. El brillante y sugerente plano-secuencia inicial, que incluye los títulos de crédito, ya dura más de un minuto y medio.

.A mediados de los  años 60, la duración de los planos se hizo cada vez menor, con lo que eso supone de aceleración en el proceso de percepción, llegando a situarse entre los 6 y 8 segundos, aunque también había excepciones, como Goldfinger (1964) con 4 segundos o Head (1968) con  2,7 segundos.

En los años 70, lo que había sido una excepción, como en el caso de Head, se convirtió en la norma y las películas de tema general se movieron entre los 5 y los 8 segundos. Pero algunos, como Sam Peckinpah, llegaron a utilizar planos de una media de duración de un segundo. El número de planos por película empezó a moverse en torno a los 1000.

En los años 80, los planos estuvieron entre 5 y 7 segundos, y en muchos casos entre 3 y 4, por ejemplo en En busca del arca perdida  (1987).

A finales de los 80, el número de planos por película ya alcanzaba los 1500, pero en poco tiempo se llegó a 2000 o 3000, como en JFK (1991).

Actualmente, la duración de los planos se acerca, de manera que puede parecer paradójica, a la del cine mudo, y más en concreto al cine mudo soviético de los años 20, con planos de 3,8 segundos incluso en dramas como Love Actually (2003). Las películas con planos de 6 o 7 segundos como Lost in translation (2003) parecen de ritmo lento al espectador medio. Bordwell señala que incluso los directores clásicos como Mike Nichols o Roman Polanski, han adoptado esta nueva duración de los planos. Sólo algunos, como Woody Allen o Night Shyamalan, se mantienen todavía en una duración superior a los 5 segundos.

 

El medio es el masaje, o cómo nos acostumbramos a todo

Hace 20 años, cuando el cine ya había acelerado bastante su ritmo, Jean Claude Carriere, el guionista que más colaboró con Buñuel, se quejaba de que el ritmo de los anuncios y los video clips era infernal. Temía que se extendiese al cine y a los productos audiovisuales en general. Es obvio que eso ya ha sucedido.

Como hemos visto, cada cinco o diez años el ritmo se acelera y el espectador demanda de manera compulsiva más y más velocidad, más y más planos, más y más síntesis y más y más elipsis. Un ejemplo es la serie americana CSI donde casi no hay tiempos muertos, no hay transiciones, todo lo que sucede es ya en sí una escena clave.

Lo mismo sucede en el humor, que busca la respuesta rápida en gags en los que el espectador sepa desde el primer momento de qué se tiene que reír, tarea que se ve facilitada por las risas enlatadas. Se pasa casi directamente del planteamiento al desenlace sin más transición, sin parte media.

Inconclusiones provisionales acerca del cambio cinematográfico

El cine mudo y el sonoro, el cine en blanco y negro y el cine en color, el ritmo o la velocidad del montaje y de la narración a través de la duración de los planos (existen otras maneras de acelerar el ritmo), son algunos ejemplos de cómo el lenguaje cinematográfico va variando y de cómo el espectador lo acepta, al principio con cierta resistencia, pero luego de manera natural. El cine no sólo nos entretiene sino que también nos educa. Y nos educa o nos manipula (nos masajea como diría McLuhan), tal vez sin quererlo, para que nos acostumbremos a un cierto tipo de cine y rechacemos otro, creyendo siempre que lo hacemos de manera espontánea

 



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