Un experimento acerca de los prejuicios

 

En mis clases de guión me gusta mostrar a los alumnos que, aunque no lo sepan, son víctimas de prejuicios y códigos aprendidos. Ya en mis primeros cursos de guión inicié, casi por azar, un experimento, que luego he repetido en cada nuevo curso, porque es una manera estupenda de demostrar cómo funcionan los prejuicios de manera casi inadvertida.

Suelo proponer este ejercicio durante la primera sesión, después de que los alumnos y yo nos hayamos presentado. Es decir, antes de que me conozcan y sepan de mi afición a las bromas, los trucos y las paradojas.

Se trata de que escriban de manera rápida y espontánea, y no para complacerme a mí, porque mi opinión es que cuando uno hace las cosas espontáneamente es casi seguro que lo que hace es seguir su intuición, es decir, sus instintos, es decir, sus prejuicios.

Luego justificaré por qué considero que la intuición y los prejuicios son casi lo mismo, porque estoy seguro de que a muchos les habrá parecido un poco extraño, puesto que muy poca gente acepta que la intuición tenga algo que ver con los prejuicios. Más bien consideran que la intuición es algo cercano de alguna manera  a la verdad. Intuición es una de esas palabras éxito de las que hablaba el filósofo David Stove: todo el mundo cree que es algo estupendo y casi todos se sienten poseedores de una gran intuición.

 

El lenguaje del guión

El ejercicio que propongo a mis alumnos consiste en adaptar al lenguaje cinematográfico un texto que está en lenguaje literario. Se trata de mostrar cuál es la diferencia entre un texto literario y un guión de cine, puesto que cualquiera que pretenda escribir un guión debe aprender que un texto literario no tiene casi nada que ver con un guión.

La anterior es la explicación que doy a mis alumnos: “He seleccionado un texto literario, un fragmento de una novela, y ahora quiero que lo transforméis en un guión”.

Este es el texto que les propongo:

Adaptación de un texto literario

“Caminé durante media hora y vi la casa. Llamé a la puerta pero nadie me respondió, así que entré. Caminé por un largo pasillo cubierto de estanterías y llegué a un salón. No había ninguna persona. En una mesita vi unas botellas. Me serví una copa y me senté. Llamaron a la puerta.
‒Hola
‒Hola.”

A mis alumnos les digo que imaginen que al día siguiente se tiene que grabar la escena descrita en ese breve texto, y que tienen que dejar claro en su adaptación

 

La indeterminación literaria
Quizá has observado que en el texto literario que mis alumnos tienen que adaptar hay muchas cosas que no se describen: cómo es la casa, dónde está, cómo es el salón. El texto revela, en primer lugar, lo diferente que es un texto literario y un guión.

En un texto literario, el lector lo pone todo: imagina la casa, la sitúa en algún lugar, coloca los muebles, imagina cómo es la puerta.

En el cine o la televisión las cosas son muy diferentes: hay una persona del equipo de producción que se ocupa de localizar una casa concreta, otras personas colocan los sillones, la mesa con las bebidas, todos los objetos que luego verá el espectador.

En una novela puedes escribir que doscientas naves espaciales bombardean un asteroide, mientras los héroes de la historia huyen por los subterráneos. El lector ya se encargará de poner el asteroide, los subterráneos, las doscientas naves espaciales y todo lo demás. Y gratis.

Pero en el cine, lo que el guionista ha imaginado como un baile en un palacio con una orquesta y toda la nobleza reunida se tiene que convertir, por problemas de presupuesto, en dos personas descalzas bailando en la habitación de un hotel de carretera, escuchando la música de un iPod (en ocasiones, ese cambio obligado mejora la narrativa, pero ese es otro asunto).

Así que esta es una de las diferencias entre un texto literario y un guión: el texto literario llega directamente al lector, pero el guión tiene que pasar por intermediarios para hacerse visible. El texto de una novela es la novela, pero el guión no es la película.

En definitiva, un guión es una receta que tiene que ser cocinada, un manual de instrucciones que tienen que seguirse con cuidado, un mapa que permite orientarse, una fórmula que hay que interpretar.

En teoría semántica, un guión y una novela se definen de manera muy diferente: un guión se compone de símbolos que han de convertirse en otra cosa, pero el espectador no llega a ver esos símbolos, sino tan sólo su traducción por parte de un equipo de personas. Ve la película. Sin embargo, el lector de una novela se enfrenta a un sistema de símbolos (las letras del alfabeto y las palabras) que él mismo debe interpretar, sin intermediarios.

 

El guión no es la obra final

Es cierto que a menudo un escritor necesita de un editor para que su libro se lea, pero es una intermediación casi accidental: hoy en día cualquier escritor puede ser leído si sube sus textos a Internet, por ejemplo en una página como esta que ahora lees.

La demostración de que un guión no es la película es que nadie se compra los guiones para leerlos, a no ser los estudiantes de cine o los cinéfilos empedernidos. Y lo que suele venderse como el guión de una película no es el verdadero guión, sino una transcripción de la película.

El guionista Jean-Claude Carrière demuestra de manera elocuente esa naturaleza del guión cuando pregunta: ¿Qué sucede el día final de un rodaje? Que todos se van a sus casas, dejando el suelo lleno de guiones tirados”. Nadie tira un libro después de leerlo, pero el guión, cuando termina el rodaje, muere. Carrière lo compara con el paso del gusano de seda a mariposa. El guión es el capullo reseco, la película es la mariposa.

Volvamos al texto neutro y a todas esas cosas que no se describen claramente en el. ¿Cómo es la casa, la puerta, los protagonistas?

State and Main (2000), de David Mamet

La indeterminación de la novela

En literatura a menudo se encuentran errores en la descripción de los personajes o de los paisajes como el de una novela de Dumas, no recuerdo si de la saga de Los tres mosqueteros, en la que el héroe lucha con una espada, agarra un cofre con otra mano y extiende otra mano para sujetar una cuerda que le permitirá saltar al otro edificio. Un, dos, tres… Pocos lectores se dan cuenta de que hacen falta tres manos para lograr tal hazaña, pero en el rodaje de una película alguien se dará cuenta tarde o temprano de que no hay actores con tres brazos. Quizá se dé cuenta el propio actor.

En State and Main, de David Mamet, cuando el equipo llega a rodar a un pueblecito en el que hay un famoso molino molino, descubren que ya no hay molino, que se quemó años atrás, siglos atrás incluso. En una novela no habría pasado nada, el espectador habría puesto el molino gracias a su imaginación, pero en una película hay que irse a otro pueblo, o construir otro molino.

En este vídeo de Prodigy se produce una situación similar. En las clases a veces creo necesario advertir que es un vídeo para adultos, no sé si también es conveniente hacerlo en una página web: se trata de la versión no censurada de Smack My Bitch Up (al revisar el enlace en 2021 descubro que efectivamente estaba censurado por desnudos y lenguaje soez, pero, por fortuna hay otra versión alternativa).

Bien, no sé si se te habrás dado cuenta de que en el texto neutro que propongo a mis alumnos no se revela en ningún momento el sexo del protagonista. Puede ser un hombre o una mujer.

“Caminé durante media hora y vi la casa. Llamé a la puerta pero nadie me respondió, así que entré. Caminé por un largo pasillo cubierto de estanterías y llegué a un salón. No había ninguna persona. En una mesita vi unas botellas. Me serví una copa y me senté. Llamaron a la puerta.
‒Hola
‒Hola.”

Tilda Swinton como Orlando en la película de Sally Potter Orlando. Potter tuvo que hacer visible la multiplicidad sexual del personaje creado por Virginia Woolf, que, además de ser inmortal, a veces es hombre y a veces mujer.

En una novela también puedes mantener secreta la identidad sexual del protagonista. En la deliciosa novela de Jeanette Winterson Escrito en el cuerpo,  muchos lectores piensan hasta la mitad del libro que se trata de un hombre, porque se acuesta con mujeres y tiene un carácter muy asertivo y a veces agresivo y violento, rasgos habitualmente asociados con lo masculino.

En inglés es fácil mantener la ambigüedad sexual, usando frases como “I was excited”, que puede querer decir “estaba excitado” o “estaba excitada”. En español es más difícil, pero se puede conseguir, aunque hay que escribir cosas como “Sentí una fuerte excitación”.

En el guión de cine, esa ambigüedad literaria no se puede mantener, porque inevitablemente veremos en la pantalla a un hombre o a una mujer, o alguien que parezca un hombre o que parezca una mujer o incluso a alguien cuya identidad sexual resulte ambigua. Sea como sea, veremos a alguien. A no ser que usemos la cámara subjetiva, como el vídeo de Prodigy que se puede ver un poco más arriba.

Pero, claro, cuando se usa la cámara subjetiva, cuando vemos a través de los ojos del personaje, enseguida sospechamos que sucede algo extraño, con lo cual la narración no fluye de manera despreocupada y natural. En Las paradojas del guionista cuento cómo Orson Welles intento rodar una película en plano subjetivo de principio a fin: quería adaptar El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, de tal manera que nunca se viera al narrador, Marlow, el hombre que busca a Kurtz.

Mantener la indeterminación sexual es muy sencilla en un texto literario y se puede escribir un cuento que permita imaginar al lector que el protagonista es un hombre o una mujer, sin llegar a saberlo nunca. En un mismo cuento, dos lectores pueden ver a un protagonista completamente diferente.

Pero en un guión tendremos que decidir si es hombre o mujer, porque el departamento de producción tendrá que contratar a un hombre o a una mujer, a alguien joven o mayor, guapo o feo, alto o bajo, gordo o flaco.

 

Por fin los prejuicios

El verdadero objetivo de mi ejercicio, aparte de mostrar las diferencias entre el lenguaje del cine y el de la novela era, como anticipé al inicio, mostrar los prejuicios de los que no somos conscientes.

Porque el resultado que siempre he obtenido al revisar los ejercicios y comprobar qué han imaginado los alumnos al adaptar el texto literario  es asombroso, y de manera llamativa en lo que se refiere al protagonista de la historia:

85% hombre

10% mujer

5% indeterminado

Se trata de un resultado sospechosamente desequilibrado: el 85% de los alumnos leen el texto literario neutro e intuyen o “ven” que el protagonista es un hombre.

Es un desequilibrio que, como es obvio, no puede ser casual. Lo curioso es que esa desproporción es casi la misma entre los alumnos y las alumnas.

Creo que esta es una manera estupenda de mostrar que somos mucho más víctimas de lo que creemos de los prejuicios y códigos aprendidos.

Es también una primera muestra de que cuando creemos actuar espontáneamente e intuitivamente, lo hacemos en realidad instintivamente, como un perro de Pavlov ante un estímulo: al perro le tocan una campana y comienza a salivar aunque no haya comida delante. A nosotros nos dicen: “protagonista de una película” y respondemos: “hombre”.

La indeterminación de la novela

En literatura se pueden producir errores como el de una novela de Dumas, no recuerdo si es en Los tres mosqueteros, en la que el héroe lucha con una espada, agarra un cofre con otra mano y extiende otra mano para sujetar una cuerda que le permitirá saltar al otro edificio.

Pocos lectores se dan cuenta de que hacen falta tres manos para lograr tal hazaña, pero en el rodaje de una película alguien se dará cuenta tarde o temprano de que no hay actores con tres brazos.

En State and Main, de David Mamet, cuando el equipo llega a rodar a un pueblecito en el que hay un famoso molino molino, descubren que ya no hay molino, que se quemó años atrás. En una novela no habría pasado nada, pero en una película hay que irse a otro pueblo o construir otro molino.

En este vídeo de Prodigy se produce una situación similar (en las clases a veces creo necesario advertir que es un vídeo para adultos, no sé si también es conveniente hacerlo en una página web: se trata de la versión no censurada de Smack My Bitch Up).

Epílogo en 2021

Después de 10 o 15 años en los que el resultado de adaptar el texto neutro mostraba esa increíble desproporción y alumnos y alumnas elegían por más de un 80 por ciento a un hombre como protagonista, desde hace unos dos años, el resultado ha cambiado de manera radical: primero los porcentajes empezaron a equilibrarse; después, por vez primera, alumnos y alumnas eligieron como protagonista una mujer y en las últimas ocasiones han elegido mayoritariamente una mujer. Es una nueva y magnífica demostración de cómo nuestras ideas, incluso las que consideramos más intuitivas, se modifican debido a la influencia del medio. Sin duda este cambio se explica por el regreso al primer plano del feminismo en los últimos años, que ha hecho que alumnos y alumnas vean cada vez más interesante dar el papel protagonista a las mujeres.



El guión de cine y los prejuicios

 

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