El sonido que no está en ninguna parte

| El guión de cine y los prejuicios, 2

Uno de los códigos narrativos del cine que aceptamos, a pesar de ser absurdo o inverosímil, es la banda sonora, la música que suena en una escena, aunque no haya ningún músico por allí cerca.

En Lawrence de Arabia vemos A Peter O’Toole avanzando junto a su compañero por el desierto  y, sin embargo, suena una orquesta. ¿Dónde está la orquesta?

En ninguna parte, por supuesto. Al menos no en ese desierto.

Eso es lo que se llama sonido extradiegético, un sonido que viene desde fuera de la historia que estamos viendo, desde más allá de esa realidad ficticia que viven los personajes de la película.

Diegético: sonido justificado por la acción, por lo que pasa en la película: una muchacha conecta la radio y escuchamos un foxtrot; o un militar americano da al play de un radiocasete antes de bombardear un poblado vietnamita.

Extradiegético: sonido no justificado por la acción. Suena una orquesta en medio del desierto; se escucha el sonido de los proyectiles en un combate entre naves galácticas (en el espacio vacío no se trasmite el sonido).

[El segundo ejemplo, más que ser un caso de sonido extradiegético es un ejemplo de falsedad metafísica: el sonido de los proyectiles es el sonido que tendrían los proyectiles si nos saltásemos las leyes de la física]

En una de sus películas, Brooks, tal vez en Mi bello legionario, rodó una escena similar con un actor, creo que Marty Feldman, caminando por el desierto: suena también una orquesta y entonces la cámara se desplaza hacia un lado y allí, en medio del desierto, descubrimos a una orquesta entera tocando. Brooks volvió a contar  un chiste similar en Alta ansiedad,  y de nuevo en Sillas de montar calientes (Blazing Saddles), poco después de que nombren sheriff a un condenado a la horca:

La escena es poco creíble, claro, con Count Basie en persona dirigiendo la orquesta que acompaña a la cabalgata del sheriff, y es comprensible que el espectador no lo acepte como verosímil (pero se ría). Paradójicamente, sí que resulta creíble para todos los espectadores el hecho de que suene una orquesta o un violín o una guitarra… en cualquier lugar. Eso es lo que sucede en casi todas las películas.

Ahora bien,  aunque la música extradiegética es propia del cine sonoro, tal vez sea una herencia del cine mudo. Las películas mudas se proyectaban acompañadas por la música de un pianista o una orquesta, que no estaban en la trama de la película pero al menos sí que estaban en el cine, así que los espectadores se acostumbraron a escuchar música al mismo tiempo que veía las películas. Esa música no era entonces tan absurda como la orquesta en el desierto de Lawrence de Arabia, o como la música que suena en películas que imitan el cine mudo, como El artista o Blancanieves, pues, ¿acaso no estaba allí mismo, en la sala de cine, la orquesta o el pianista?

Suelo bromear en mis clases diciendo que cualquier cosa que existe en el cine fue inventada en la época del cine mudo… incluido el sonido. Porque lo cierto es que también el sonido fue inventado durante la época del cine mudo, y además se usaba casi exactamente como se usa hoy en las películas sonoras. Pero ese es otro asunto que no trataré aquí. Si te interesa, puedes leer El cine mudo sonoro y el montaje.

En cualquier caso, estamos tan acostumbrados a que suene música en el cine, sea cual sea la escena, que ni siquiera nos llama la atención: es un código ya aprendido y ya interiorizado.

 

En mi libro Las paradojas del guionista ofrezco otros ejemplos de parodias y usos raros del sonido extradiegético, como el intento (frustrado) de Buñuel en Los olvidados de mostrar a una orquesta en un edificio abandonado, que justificaría la banda sonora de la película. A los productores les pareció una idea loca, a pesar de que es más razonable escuchar una música y ver de dónde procede, que escucharla sin saber de dónde procede o qué diablos tiene que ver con la historia que estamos viendo.


 

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