¿Es Aristóteles el vampiro del teatro?

Florence Dupont asegura que Aristóteles es el vampiro del teatro. Es una tesis muy provocadora, pero en cierto modo tiene razón. Yo mismo, sin conocer su libro, dije algo muy parecido en mi edición de la Poética de Aristóteles. Examinaré primero lo que cuento en Una nueva Poética, y a continuación hablaré del libro de Florence Dupont.

Al leer atentamente la Poética, es bastante sorprendente darse cuenta de que Aristóteles apenas presta atención a las características que en principio definen el teatro, como la puesta en escena, la dramaturgia y todos los aspectos del espectáculo teatral:

«Aristóteles considera que hay seis elementos fundamentales en la tragedia: trama, caracteres, lenguaje, espectáculo, canto y pensamiento. La primera sorpresa es que va a prestar muy poca atención al canto y al espectáculo, que, sin embargo, eran muy apreciados por el público. Este menosprecio ha hecho que a menudo no se comprendiera la verdadera naturaleza de las obras de teatro griegas». (Una nueva Poética)

En el capítulo El espectáculo, el elemento menos importante expliqué la curiosa paradoja de que Aristóteles incluye el espectáculo entre los seis elementos fundamentales de la tragedia, pero que enseguida lo considere el menos importante.

Los decorados, el atrezzo, las máscaras, el vestuario, la interpretación misma de los actores, incluyendo sus movimientos y sus gestos, la puesta en escena, los efectos especiales, como la grua que servía para elevar a un dios sobre el escenario (el deus ex machina), y otros aparatos y dispositivos teatrales, todo eso era para Arstóteles secundario. Lo verdaderamente fundamental era, en su opinión, el texto y la trama:

«En un pasaje de la Poética llega a decir que no se pierde nada si leemos una tragedia, en vez de contemplarla sobre el escenario». (Una nueva Poética)

Cuando Aristóteles habla de la mímesis, que se ha traducido por representación o imitación, pero que en ciertos contextos prefiero traducir como simulacro o virtualidad, está hablando de representar, imitar o simular acciones, pero nunca -o tal vez solo en una ocasión- se refiere a la representación que hacen los actores sobre el escenario, pues lo que analiza es la representación o simulacro de acciones que hace el poeta al escribir la obra. Esa representación o imitación es lo que preocupa e interesa a Aristóteles.

Hay que aclarar, antes de continuar, que Aristóteles llama poetas no a quienes escriben versos, sino a quienes imitan o recrean acciones. Por eso considera poetas a Homero, con su Ilíada y su Odisea, a los tragediógrafos Sófocles, Esquilo o Eurípides, o incluso a Platón en sus diálogos, puesto que en ellos vemos a Sócrates y a otros personajes hablando y llevando a cabo acciones. Para él no son poetas Arquíloco, Anacreonte o Safo, porque no imitan acciones sino que expresan emociones.

Una vez dicho esto, siguiendo a su maestro Platón, distingue Aristóteles entre la narración directa y la indirecta. Si Homero dice que Ulises profirió palabras engañosas, está representando una acción de manera indirecta (diégesis), pero si dice que Ulises se acerca a Tersites y dice: «¡Qué palabras escaparon del cerco de tus dientes!», estamos ante la representación de una acción que casi nos parece estar viendo, como sucede en las obras de teatro.

Es curioso que Platón, que tanto desconfiaba de la mímesis de los poetas (y que no les permitía entrar en su República), sin embargo sea considerado por Aristóteles como un poeta mimético en sus diálogos socráticos. Sin duda se trata de una pequeña crítica irónica de Aristóteles, no sólo porque llama poeta a Platón,el enemigo de los poetas, sino porque también insinúa, en otro momento, que se trata de una mímesis o simulacro de algo que en realidad no tuvo lugar, y que Platón ni siquiera pudo presenciar esos diálogos o escucharlos de quien los mantuvo con Sócrates. Probablemente casi todos, quizá excluyendo alguno de los diálogos de juventud, son inventados. Ese caracter ficcional no inquietaba a Aristóteles, porque su idea de la mímesis no es la que se suele repetir (que el artista debe imitar la realidad), pero sí que inquietaba a Platón, que más de una vez acusa a los poetas, es decir, a los dramaturgos y a Homero o Hesíodo, de ser mentirosos.

Ahora bien, regresemos a la paradoja de que Aristóteles se interese por la imitación en lo que se refiere al texto mismo de la obra, pero no a la que hacen los actores no sobre el escenario del teatro.

Naturalmente, este es un curioso menosprecio de la esencia misma del teatro, y por eso en un momento dado me pregunté por la frontera exacta entre la épica (Odisea, Ilíada), los diálogos socráticos y una obra teatral. Es una línea que resulta bastante difícil de trazar si decidimos dejar de lado la puesta en escena, la dramaturgia y el espectáculo, como parece estar dispuesto a hacer Aristóteles. Si en su opinión no es necesario ver la obra, sino que es suficiente con leerla o escucharla, ¿qué es lo que hace diferente al teatro leído o escuchado de la épica o los diálogos socráticos leídos o escuchados?

Parece bastante evidente que Aristóteles no comprendió el teatro en toda su complejidad o que no disfrutó del espectáculo teatral en sí mismo, tal vez porque fue más bien un lector que un espectador. Admira a Sófocles, a Esquilo e incluso a Eurípides, pero por su calidad literaria. Tal vez esta incomprensión se deba a que la gran época de la tragedia griega ya había quedado atrás durante la vida de Aristóteles. Por eso, en la edición de la Poética he intentado señalar esos aspectos del teatro griego que Aristóteles descuida y he dedicado un capítulo, que me parece muy interesante y revelador, al origen de la ópera. Fueron autores y músicos del Renacimiento italiano, como Vincenzo Galilei, padre del célebre científico, los que quisieron recuperar el teatro griego perdido, que entendían como un espectáculo total, como dice Rotsko en el monumental Grove’s Dictionary of Music and Musicians:

«Así como la búsqueda de la piedra filosofal dio como resultado algunos de los descubrimientos más importantes conocidos en química, este vano esfuerzo por restaurar un arte perdido condujo a la única cosa de la que, por encima de todas las demás, dependía el destino futuro del drama lírico (la ópera)».

Hay buenas razones para pensar que el teatro en Atenas se parecía más a la moderna ópera que a la recitación o lectura de un texto. Se sabe, por ejemplo, que una canción de la Andrómaca de Eurípides se cantaba en todo el Mediterráneo.

Desde un punto de vista personal, debo decir que he disfrutado mucho de espectáculos de teatro minimalistas, sin apenas aparato escénico, como los montajes de obras de Shakespeare por Declan Donnellan, pero también creo que el espectátulo, ese sexto elemento de la tragedia que incluye desde la actuación a la puesta en escena, es una de las maravillosas características del teatro. Por eso, me pareció exagerado el último montaje que vi de Donnellan, un Macbeth en el que en un escenario absolutamente vacío los actores se alineaban a uno y otro lado y se acercaban al centro para recitar o declamar la parte que les correspondía, retirándose de nuevo en cuanto terminaban. Creo que asistir a una obra de teatro es entrar en un espacio en el que, como decía Samuel Johnson, se hace posible lo imposible y donde suspendes la incredulidad a la manera de Coleridge, para descubrir también lo que no viste al leer el texto. Así me ha sucedido precisamente al ver alguno de los montajes de Donnellan, cuando, gracias a las acciones, gestos y movimientos de los actores, a la dramaturgia, la puesta en escena e incluso los decorados o los objetos, he descubierto un matiz, un detalle o un aspecto nuevo que no había ni siquiera intuido tras leer varias veces una obra de Shakepeare, como Los dos hidalgos de Verona o Coriolano.


El vampiro de Dupont

Unos meses después de publicar Una nueva Poética viajé a Colombia para participar como asesor en el Labguion que se celebra todos los años en Santa Fe de Antioquia y allí presenté tres o cuatro veces el libro: en unos encuentros y conversatorios en Medellín, junto a Carlos Henao; en la librería El acontista, también en Medellín, y durante las jornadas en el Labguion. Intenté mostrar lo mucho que podemos aprender leyendo el libro de Aristóteles y deshice muchos equívocos (como la teoría de los tres actos, que no es aristotélica), pero también tuve que mencionar este curioso aspecto: que del espectáculo teatral, la dramaturgia, la puesta en escena o la interpretación de los actores, no hay mucho que aprender en la Poética.

En una de estas ocasiones, Carlos Henao, que siempre descubre libros inesperados y asombrosos, me habló del libro de Florence Dupont, Aristote ou le vampire du théâtre occidental, en el que, según me explicó, la autora contaba algo parecido a lo que acabo de explicar.

Ya de regreso en Madrid, conseguí el libro, que se publicó en 2008, y lo he leído con verdadero interés.

Dupont le regala el duro calificativo de chupasangres a Aristóteles porque, en su opinión, el desprecio que muestra en la Poética hacia el espectáculo influyó de manera excesiva en la teoría del teatro desde que la Poética fue recuperada en el Renacimiento. Aristóteles, como un vampiro, privó de toda su sangre al teatro, dejándolo en los huesos, como un texto inmortal pero sin vida, al menos sin la vida que el teatro puede llegar a alcanzar.

Aunque no coincido con muchas de las ideas de Dupont, en especial su antipatía visceral hacia Aristóteles (al que simplifica en exceso), su descripción de la función ritual del teatro griego, sus opiniones un poco tópicas acerca del colonialismo cultural o su análisis de la catarsis, sí me parece que tiene razón en que el casi siempre sagaz y perspicaz Aristóteles ofrece una imagen muy parcial del teatro, al limitarlo a la trama y el texto, aspectos, eso sí, en los que hace observaciones inteligentísimas.

Pero el libro de Dupont no es sólo un ataque a la vampirización del teatro por Aristóteles, sino que es una entusiasta defensa de Plauto y del teatro como espectáculo vivo, en el que se puede romper la ilusión narrativa y la cuarta pared, hablar con el público, burlarse de la trama misma… Todo ello unido a la importancia de la música, los cantos, la puesta en escena, y por supuesto la interpretación de los actores, que añade algo que no está en el texto desnudo y que hace de cada representación teatral algo único.

Dupont no se explica por qué no se representa más a Plauto y sospecha que se debe a que se menosprecia su teatro por culpa de la imagen del teatro transmitida por Aristóteles. No sé si esa es la única causa, porque podemos pensar en la comedia del arte italiana y francesa o el vodevil, que ella misma menciona, pero sí es posible que la teoría aristótelica se haya impuesto entre las élites culturales. Curiosamente, Dupont también rechaza la puesta en escena, por considerarla también sometida al texto, e incluso considera que el cine, incluso si se hace sin guión previo, también está sometido al texto, un texto que son imágenes, pero que también carece de la interactividad y el aspecto ritual del teatro. Pero ese es otro asunto del que tal vez hablaré en otra ocasión.


Aristóteles se encuentra con Sófocles… y Aristófanes

Con ayuda de Gemini (la IA de Google) he creado una pequeña historieta en la que aparecen Aristóteles, Sófocles y Aristófanes, precisamente en una representación de Las ranas, la obra que, además de ser divertídisima en su trama e ingeniosa en su texto, sin duda debía ser un espectáculo increíble.

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