Lo bueno (para el guionista) de los prejuicios

| El guión de cine y los prejuicios, 11 (fin)

En los capítulos anteriores he intentado mostrar que el espectador no recibe virgen una película (o cualquier obra narrativa) sino que la contempla a partir de una serie de prejuicios y códigos aprendidos de los que no suele ser consciente, pero que influyen en su percepción mucho más de lo que se podría creer a simple vista. En definitiva, nuestras experiencias anteriores transforman nuestra sensibilidad.

Lo anterior nos lleva a una conclusión interesante: los guionistas tienen que contar en su trabajo con ciertos códigos y prejuicios, deben intentar prever la respuesta intuitiva del espectador, recordando que la intuición, como también he intentado mostrar, no es algo mágico y espontáneo, sino más bien todo lo contrario: la intuición es casi siempre el reflejo de nuestros prejuicios y nuestra experiencia previa.

Lo bueno del asunto es que aunque en la vida real los prejuicios suelen ser malos, para el guionista son una de sus herramientas básicas, y una de las más útiles.

Esos códigos (a partir de ahora los llamare así, porque suena más digno que «prejuicios», y menos etéreo que «intuiciones») nos permiten ahorrar mucho trabajo al escribir un guión.

En primer lugar, porque no tenemos que contarlo todo. Gracias al código de la elipsis, el espectador entiende lo que ha sucedido (pero que no le hemos mostrado) entre dos escenas. Además, gracias a la relación causa-efecto, que el espectador establece entre dos escenas sucesivas, podemos revelar cosas sin explicarlas: mostrándolas. Por ejemplo:

  1. Dos muchachos hablan de María.
    Escena siguiente: una mujer camina por la calle…

           Los espectadores suponemos que esa mujer es María, inevitablemente.

      2. Dos jóvenes se tropiezan en un café…
Escena siguiente: los dos comparten un cigarrillo en la cama.

Ya sabemos lo que ha sucedido entre medias.

En el primer caso, establecemos una relación entre dos momentos que incluso suceden en diferentes ciudades, tal vez los muchachos hablan de María en La Habana y en la escena siguiente la mujer (María) camina por Hong Kong. A pesar de la distancia y de que no sabemos todavía quién es quién, ya sabemos que esa mujer es María.

En el segundo caso, no vemos todo lo que sucede entre que los dos jóvenes quese tropezaron y el momento en el que comparten el cigarrillo, pero no tenemos ninguna dificultad en deducirlo.

Es el poder de la elipsis y del aspecto secuencial del cine.

Cualquier cinéfilo sabe que la elipsis más larga es la de 2001, una odisea del espacio, que nos lleva de la prehistoria al futuro en un instante. Es una elipsis metafórica: la primera herramienta creada por los homínidos, un hueso, que sirve como martillo y arma de matar, se convierte en una nave espacial: en unos segundos entendemos que han transcurrido millones de años.

Por otra parte, los códigos y prejuicios, las simplificaciones de la vida habitual y las del cine, nos permiten entender situaciones complejas, mediante una síntesis, una brevísima escena, que puede durar menos de un minuto:

El mal padre: un señor que le dice a su hija por teléfono que no podría ir a verla a su graduación porque tiene mucho trabajo… Se abre el plano y vemos que esta jugueteando en la cama con su amante.

Este tipo de síntesis, como es obvio, trabaja con puros estereotipos, pero pueden ser mas sutiles o más divertidas, como en En bandeja de plata, de Billy Wilder, en la que los personajes de Walter Matthau y Jack Lemmon están muy cerca del estereotipo, pero ambos son también  tipos deslumbrantes; son un hombre ingenuo y un cuñado sinvergüenza, es cierto, pero también son únicos en el mundo. Los prejuicios o los códigos aprendidos nos hacen reconocer enseguida estos dos caracteres, pero Wilder rompe nuestras expectativas, exagerándolas o cambiando de dirección de manera inesperada.

Y esta es precisamente la otra utilidad de los prejuicios, de los códigos narrativos que sabemos que el espectador conoce y espera: los podemos usar a nuestro favor, pero no para ahorrarnos trabajo, sino para sorprender a los espectadores, para defraudar sus expectativas, en el buen sentido. Como sabemos que el espectador inevitablemente piensa que ese hombre es un mal padre, le sorprenderemos: se oye una voz que dice «Corten!» y descubrimos que ese hombre es un actor y que ni siquiera tiene hijos, o que tiene una hija, que está allí en el rodaje y que le mira con admiración. O bien descubrimos que alguien llama a esa mujer que camina por Hong Kong y no grita «María», sino «Beatriz»; o que los dos jóvenes que fuman un cigarrillo en la cama y entonces… (dejo que el lector imagine la sorpresa).

Existen muchas maneras de aprovecharse de los prejuicios del espectador, pero también es muy recomendable que, antes de ponernos a pensar en cómo aprovecharnos de ellos, comencemos por examinar nuestros propios prejuicios, porque no cabe duda de que si somos capaces de cuestionar nuestras certezas tenemos muchas posibilidades de que también cuestionemos las del público y vayamos más allá del estereotipo.

 


 

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